Domingo, 26 de Fevereiro de 2017
   
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Cuando Orar es Pecado

“¡Orar es bueno!” ¿En serio? Excluyendo la obviedad bíblica de la abominación a consecuencia de la oración dirigida a otros dioses (Jos 23.16; 24.20), tal como se practica en las religiones orientales, paganas o tribales, ¿podría ser pecado dirigir nuestras palabras y pensamientos al verdadero Dios trino, el Dios de Abraham, de Isaac y de Jacob?

Dependiendo de las circunstancias en que se encuentra la vida espiritual del interlocutor, la oración es con énfasis no recomendada por la Palabra de Dios, independientemente de su contenido aparentemente piadoso, pues, "al que aparta su oído para no oír la ley, incluso su oración también es abominable" (Pr 28.9).

Curiosamente, un incontable número de iglesias, enemigas ostensivas de la Sana Doctrina, que pululan en callejones y avenidas brasileñas, invitan diligentemente a incautos telespectadores a unirse en fervientes oraciones al Señor. Esta invitación puede sonar incluso piadosa, pero es, según las Escrituras, detestable a los ojos del Señor, además de incurrir en la contención de la misericordia divina a aquél que ora: “He aquí que no se ha acortado la mano de Jehová para salvar, ni se ha endurecido su oído para oír; pero vuestras iniquidades han hecho división entre vosotros y vuestro Dios, y vuestros pecados han hecho que oculte de vosotros su rostro, para no oíros” (Isaías 59.1,2).

¿Dejaremos entonces de orar con incrédulos o con hermanos afligidos por el pecado? ¡En absoluto! Sin embargo, las Escrituras nos advierten acerca de la negligencia de aproximarnos a Dios con el corazón empapado en pecado. Lo que se necesita es, incluso antes de derramarnos por el dolor o deseos, aprender a buscar el rostro del Señor suplicando por su misericordia. Por lo tanto, la invitación a sesiones semanales de "oraciones con poder", sin la debida confrontación al pecado y la presentación de la gracia restauradora de Dios, es una práctica peligrosa.

Lamentablemente, la exposición del verdadero Evangelio distancia a los interesados en la "oración con poder", porque el impío no se siente inclinado a desprenderse de las pasiones carnales para ser oído por un Dios que podría, todavía, decir "no" a su suplica. En su mente corrupta, "temer a Dios" se convierte en algo de “alto riesgo”. Sólo un corazón humilde bajo la mano de Dios desea ser oído por Dios, independientemente de la respuesta que reciba, pues sabe que la bondad y la sabiduría son atributos divinos que exceden mucho más aquello que pedimos o pensamos (Rm 8.28; Ef 3.20).

Por lo tanto, vale la pena prestar atención a cinco situaciones en las que, básicamente, nuestras oraciones dejan de ser oídas por Dios:

1. Cuando mantenemos nuestros pecados no confesados, de cualquier naturaleza, en nuestro corazón: “Si en mi corazón hubiera yo mirado a la maldad, el Señor no me habría escuchado” (Sal 66.18).

2. Cuando alimentamos rencores por cualquier persona que nos ofendió: Y cuando estéis orando, perdonad, si tenéis algo contra alguien, para que también vuestro Padre que está en los cielos os perdone a vosotros vuestras ofensas” (Mc 11.25).

3. Cuando suplicamos a Dios por motivos carnales: Pedís, pero no recibís, porque pedís mal, para gastar en vuestros deleites” (Stg 4.3).

4. Cuando no tenemos sabiduría, honor y respeto hacia el cónyuge: “Vosotros, maridos, igualmente, vivid con ellas sabiamente, dando honor a la mujer como a vaso más frágil, y como a coherederas de la gracia de la vida, para que vuestras oraciones no tengan estorbo” (1P 3.7).

5. Cuando nutrimos un concepto inestable de Dios y no tenemos una fe genuina para creer que su soberanía está por encima de todas las cosas visibles e invisibles: "Pero pida con fe, no dudando nada, porque el que duda es semejante a la onda del mar, que es arrastrada por el viento y echada de una parte a otra. No piense, pues, quien tal haga, que recibirá cosa alguna del Señor, ya que es persona de doble ánimo e inconstante en todos sus caminos" (Stg 1.6-8).

En fin, siempre estamos preparados para que Dios escuche nuestras oraciones. Sin embargo, ¿estamos dispuestos para oír lo que su Palabra tiene para decirnos? Como el Rey Jesús advirtió: "El que tenga oídos que oiga". ¿Cómo están sus audiencias con el Rey?

Leandro Boer

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