Sexta, 18 de Agosto de 2017
   
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El Primer Censo de la Vida Marina, la Inerrancia Bíblica y la Ira de Dios

"Dijo Dios: Produzcan las aguas seres vivientes (…) Y los bendijo Dios, diciendo: Fructificad y multiplicaos, llenad las aguas en los mares (…)” (Gn 1.20a,22a).

La comunidad científica espera con gran entusiasmo, para octubre de este año, el informe final del primer censo global de la vida marina. Este censo fue realizado por ochenta naciones que participan en un proyecto que comenzó hace diez años para explorar la diversidad, distribución y abundancia de la vida en los océanos, ya sea microscópica (cuando no es posible observarla sin aparato óptico) o macroscópica (cuando es posible contemplarla sin ningún aparato óptico, a simple vista).

Hasta la fecha, más de 16 millones de registros, antiguos y nuevos, forman parte de los archivos de este costoso proyecto de 650 millones de dólares. La mayoría de estos registros fue realizada en regiones próximas a la superficie del agua hasta una profundidad de mil metros. Entre tanto, con la tecnología submarina disponible, el censo trató de catalogar formas de vida que están por debajo de esta profundidad, ya que la mayor parte de los océanos tiene enormes profundidades.

(No) sorprendentemente, se constató excepcional riqueza de vida, también en estas profundidades, sacando suspiros de los investigadores de la vida marina al punto de decir que la cantidad de vida en los océanos es "increíblemente grande" y que "probablemente nunca podrán conocer todas las especies marinas existentes".

La rectificación negativa del párrafo anterior se debe a la "inerrancia bíblica". Ciertamente, desde hace más de 3 mil años, un salmista del pre exilio escribió los mismos hallazgos científicos de forma poética en alabanza al Dios trino. Sin ningún tipo de equipamiento para la observación marina, ya que la escafandra (equipamiento para bucear) sólo fue inventada en 1839; sin ninguna técnica de iluminación artificial, porque la luz es absorbida casi por completo a los 200 metros de profundidad, dejando a un buzo en densa oscuridad, el salmista afirmó en alabanza: "¡Cuán innumerables son tus obras, Jehová! Hiciste todas ellas con sabiduría; ¡la tierra está llena de tus beneficios! He allí el grande y ancho mar, en donde se mueven seres innumerables, seres pequeños y grandes." (Sal 104.24-25).

El salmista encuentra en su descripción razones para cantar al Señor durante toda su vida y llega a la conclusión de que constatar la riqueza de la vida creada por Dios no es meramente un ejercicio intelectual, sino una "meditación" ofrecida al Señor (Sal 104.33-34).

Curiosamente, después de la linda poesía inspirada por el Espíritu Santo, el salmista termina su texto con un versículo que no parece armonizarse con el resto del texto: "¡Sean consumidos de la tierra los pecadores y los impíos dejen de ser! ¡Bendice, alma mía, a Jehová! ¡Aleluya!"

No, el salmista no perdió la dirección de su razonamiento. El Espíritu Santo claramente vincula la grandeza de la creación a la ira divina, como podemos comprobar en la epístola paulina a los romanos: “La ira de Dios se revela desde el cielo contra toda impiedad e injusticia de los hombres que detienen con injusticia la verdad, porque lo que de Dios se conoce les es manifiesto, pues Dios se lo manifestó: Lo invisible de él, su eterno poder y su deidad, se hace claramente visible desde la creación del mundo y se puede discernir por medio de las cosas hechas. Por lo tanto, no tienen excusa. (Rm 1.18-20).

Si en el primer siglo, los atributos divinos fueron "vistos claramente", ¿qué diremos cuando tengamos "a sólo un clic de distancia" la totalidad del acervo del censo marino en la internet? Si los hombres del siglo primero fueron "inexcusables", ¿qué diremos de los hombres de hoy en día que tendrán a disposición ese inmenso catálogo?

No obstante, la Palabra de Dios no sólo adjudica la proporcionalidad de la ira de Dios a las profundidades del océano. La comprensión humana de lo que es la gracia del Señor, es decir, el perdón de nuestros pecados en el sacrificio legítimo y único de Cristo, fue interpretada también mediante una metáfora oceánica: ¿Qué Dios hay como tú, que perdona la maldad y olvida el pecado del remanente de su heredad? No retuvo para siempre su enojo, porque se deleita en la misericordia. Él volverá a tener misericordia de nosotros; sepultará nuestras iniquidades y echará a lo profundo del mar todos nuestros pecados. (Miqueas 7.18-19)

Si por acaso estuviera contemplando el mar, ¿qué le diría a usted?: ¿Cuán terrible ira y juicio me esperan o cuán maravillosa es la gracia y las obras del Dios trino?

Con certeza, que bendigamos al Señor ¡"hasta debajo del agua"!

Ev. Leandro Boer

Leandro Boer se graduó en medicina en la Unicamp e hizo su residencia médica en Cardiología Clínica en la Santa Casa de Misericordia de Ribeirão Preto (SP). Actualmente es estudiante de doctorado en farmacología de la Unicamp y trabaja como Asesor Médico de la Novartis Biociencias S. A., en la franquicia Cardiovascular & Metabolismo.

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