Sábado, 29 de Abril de 2017
   
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Micro Política

"… que gobierne bien su casa... pues el que no sabe gobernar su propia casa, ¿cómo cuidará de la iglesia de Dios?" (1Tm 3.4-5).

No entiendo de política, pero con el tiempo asimilé un "principio" que parece innegable: los candidatos, después de elegidos, siempre nos decepcionan. Los partidos, los personajes y las propuestas encantan a las personas durante algún tiempo y les llenan el corazón de esperanza con bellas promesas de un futuro mejor. Muy pronto, sin embargo, todos se sienten engañados, dirigiendo entonces la mirada para otros partidos y otros candidatos que, una vez en el poder, nuevamente decepcionan al pueblo.

En los últimos tiempos esa situación se puso peor. Con las próximas elecciones, los desilusionados como yo, no nos preocupamos sólo con decepciones. Tenemos miedo de otros males. Tenemos miedo de ver nuestra libertad amenazada; tenemos miedo de ver la criminalización de la decencia; tenemos miedo de ver la perpetuación de un imperio de injusticias. Sí, pues las personas y partidos que dominan el país trabajan abiertamente en favor de la trivialización del matrimonio y la familia, defienden perversiones sexuales, militan a favor del aborto y preparan el terreno para limitar la libertad religiosa que disfrutamos. Algunos dicen que nuestro Presidente apoya todo eso, que es amigo de dictadores asesinos y que vive asociado a la escoria de la política internacional.

En este escenario, votar dejó de ser un gesto político destinado a generar sólo decepciones. Votar, ahora, es un acto peligroso. Puede representar un ataque contra la fe y contra los principios cristianos fundamentales. Sí, para el creyente, votar puede ser un acto suicida, un medio de alimentar al monstruo que más tarde no medirá esfuerzos para destruir a la iglesia y su mensaje.

Todo esto asusta y nos deja ansiosos. ¿Cuál sería la salida ante la expectativa de decepciones y perjuicios que invariablemente la política trae? ¿Cómo amenizar, en cuanto el Príncipe de la Paz no viene, la angustia que se aloja en nuestro corazón cuando vemos derrumbarse, bajo los golpes de los poderosos, aquellos valores que tanto amamos?

Por supuesto que la salida principal es mantener viva la llama de la esperanza en el establecimiento del Nuevo Cielo y la Nueva Tierra que el Señor creará para sus elegidos. Sin embargo, esta esperanza no puede ser (¡y no es!) del tipo que lanza a los cristianos en la inercia. C. S. Lewis tenía razón cuando dijo que los hombres que más trabajaron a favor de este mundo eran precisamente los que más anhelaban por el otro! De hecho, la esperanza cristiana está activa. Y no es sólo para repetir "¡Venga tu Reino!". Antes, lleva al hombre a vivir como si el Reino ya estuviese totalmente establecido aquí.

Esto es posible porque todos nosotros tenemos cierto grado de poder. Todos nosotros reinamos sobre alguna cosa. Todos somos presidentes en algún ámbito, por menor que este sea. Ejercemos funciones de autoridad en el hogar, en el trabajo, en la iglesia y en la escuela. Gobernamos (bien o mal) nuestro dinero, nuestro cuerpo y nuestras palabras. Administramos nuestro tiempo, nuestros bienes y nuestras relaciones. Creamos leyes y "programas de gobierno" con prioridades que dan rumbo a nuestra vida y traen repercusiones sobre los demás. De hecho, no hay nadie en este mundo que no haya recibido alguna porción de poder. Y más: no hay nadie en este mundo que, en la administración del poder que le fue dado, no afecte, para bien o para mal, a las personas a su alrededor.

Es esta visión de responsabilidad micro política que el creyente debe comprender y adoptar. Si él anhela ver ya en este mundo un gobierno donde impere la justicia, la verdad, la decencia, el orden, la honestidad, el honor y las buenas costumbres, entonces, que construya, él mismo, todo esto en el reino-célula que gobierna. Así, dentro de las fronteras de su hogar, de sus negocios, de sus palabras y de sus amistades, la esperanza que nunca se pone en efecto a través de las urnas, finalmente se hará realidad. Que el creyente haga, por lo tanto, buena micro política, gobernando bajo el temor del Señor. Si así lo hace, seguramente va a decir: "¡Nunca, en la historia de este micro país, nos sentimos tan felices!"

Pr. Marcos Granconato
Soli Deo gloria
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