Sábado, 21 de Janeiro de 2017
   
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La Historia de la Gracia y el Ánimo en la Oración

Que el creyente debe orar está por encima de cualquier discusión. Es verdad que ya surgieron "predicadores" diciendo que la oración es innecesaria, y que el creyente debe "determinar" o "reivindicar" lo que desea. Sin embargo, esas voces jamás fueron tomadas en serio por los verdaderos creyentes. Para éstos quien determina todo es Dios. Nosotros sólo suplicamos que se haga su voluntad.

Y esta súplica no es opcional. ¡Es un deber! Debemos orar sin cesar (1Ts 5.17), sabiendo que esto requiere tiempo, esfuerzo y disposición (Col. 4.13,14). Por cierto, quien intenta ser una persona de oración, pronto descubre cómo este objetivo es difícil de alcanzar.

Es que, especialmente en nuestros días, todo lo que no produce resultados prácticos, notables e instantáneos parece inútil. Aprendemos a rechazar cualquier cosa que no funcione con el simple toque de un botón.

Por ello es que necesitamos estímulos e incentivos legítimos para dedicarnos a la oración. Infelizmente, decir que la Biblia ordena que oremos no es suficiente para hacernos doblar las rodillas. Nuestra torpeza es tal que las órdenes del propio Dios tienen poco impacto sobre la conciencia. De ahí la necesidad que tenemos de otros estímulos.

Uno de estos estímulos puede ser la historia de los hechos graciosos de Dios en nuestra vida. De hecho, pocas cosas alientan más al creyente angustiado a buscar la faz de Dios que el recuerdo de los grandes libramientos que Él realizó en el pasado. Prueba de ello es el Salmo 126.

Este pequeño salmo de apenas seis versículos comienza con la mención de la maravillosa restauración que Dios obró a favor de la nación israelita cuando puso fin al exilio babilónico. "Cuando Jehová hizo volver de la cautividad a Sión, fuimos como los que sueñan..." He aquí un recordatorio de la ministración de la gracia que, en otros tiempos, era rica y abundante, llenando de júbilo y de alegría el corazón del pueblo ahora liberto del cruel opresor.

¿Y cómo continúa el Salmo? Después de recordar la historia de la redención, el salmista, pasando ahora ciertamente por nuevas dificultades, se siente animado a orar pidiendo otro libramiento: "Haz volver nuestra cautividad, Jehová, como los arroyos del Neguev". Fue la historia del socorro divino que lo encorajó a clamar. De esta manera, es probable que si ejercitásemos nuestra memoria, trayendo a la superficie de la mente todo lo que el Señor ya hizo, tal vez podamos llegar a ser, finalmente, personas de oración.

Voy a dar aquí un testimonio personal que refuerza la validez de esto. Cuando yo era niño, mi padre trabajaba como policía durante la peligrosa noche paulista. Sólo llegaba a casa de madrugada y recuerdo haberlo visto herido y ensangrentado por lo menos una vez debido a enfrentamientos con marginales.

Así, las horas que antecedían a la llegada de mi padre eran horribles. No conseguía dormir. Postrado en la cama, encogido debajo de los viejos cobertores, le rogaba a Dios que lo protegiese, mientras que el silencio de la madrugada era quebrado por los suspiros de mi madre. Entonces, en un momento dado, las bisagras del portón de madera crujían, nuestro perro ladraba y, aliviado, yo escuchaba los pasos de mi padre en el patio. En ese momento la súplica se transformaba en alabanza y, entonces, yo finalmente me rendía al dulce sueño de niño.

Hoy, cuando las nubes del miedo rodean mi corazón otra vez; cuando el silencio no es de paz, sino de amenaza; cuando la vida se transforma en noche, con graves peligros alrededor y enemigos crueles rondando la puerta, me acuerdo de la oscuridad de aquel cuarto, del niño postrado, de los suspiros ahogados y, lleno de esperanza, también recuerdo el crujido del portón, el ladrido del perro, los pasos en el patio. Entonces me postro y digo: "Señor, yo soy aquel niño que gemía en el interior de una casa pobre. ¡Sí, soy yo otra vez! El tiempo pasó, pero todavía tengo miedo. Tengo miedo porque el peligro es real y yo soy débil, ya que no soy más que un niño. Tengo miedo porque está oscuro y no sé cómo andar o qué hacer. Todo lo que sé es que el Señor una vez escuchó mis súplicas y, por eso, imploro que, en la oscuridad de la incertidumbre, el Señor me haga oír nuevamente el alegre sonido de su libramiento".

Y es así que la historia del modo como Dios respondió a los clamores del niño estimula las pobres oraciones del adulto. Sí, la gracia evidente en el hecho pasado robustece la fuerza de la fe en el presente.

Pr. Marcos Granconato
Soli Deo gloria
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