Sábado, 29 de Abril de 2017
   
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El Peligro detrás de la Lengua Aduladora

Cierta vez oí una especie de chiste que acentuaba las diferencias entre hombres y mujeres. Según el chiste, las mujeres se saludan diciendo: "Madre mía, estás linda flaquita"; pero cuando se van, dicen: "¡Cómo ella está gorda!". A su vez, los hombres se encuentran y dicen: "Habla, gordo pelado"; al irse, el hombre comenta: "Ese tipo es buena gente" o "ese tipo es gente fina".

Chistes aparte, algo que realmente sucede es que las personas utilizan palabras que no reflejan lo que piensan. Y peor aún: palabras que después se contradicen con declaraciones peyorativas y destructivas. En resumen, se trata de personas que frente a frente dicen una cosa y por detrás dicen otra.

En vista de este problema, David, en el Salmo 12.1, pide "libramiento" (del hebreo yasha') al Señor, ya que, según él, "se acabaron los leales" (gamar hasîd), es decir, los hombres que actúan con lealtad y veracidad. Junto con estas personas, también "desaparecieron los confiables" (cassû 'emûnîm). La situación descrita por David es la de una guarida de mentirosos. Pero tenga en cuenta: no se trata de enemigos declarados. Frente a frente, tales hombres son agradables, pues modelan su imagen con el cincel de la mentira. Dicen cosas que sus corazones no sienten y que son agradables a los oídos. Sin embargo, por la espalda, destilan un veneno destructor.

El v.2 expande esta idea al decir que tales personas hablaban "falsedades los unos a los otros". La mentira era una actividad tan difundida y común en aquel medio que aquellos que mentían también eran el blanco de la mentira de los otros. Unos queriendo aprovecharse de otros, fingiendo ser lo que no eran. Al observarlos, David percibió dos tácticas de estos hombres para alcanzar el fin que anhelaban. La primera era usar "labios aduladores" (sefat halaqôt) que lisonjean a los oyentes con la intención de manipular sus reacciones. La segunda era ocultar los verdaderos sentimientos y planes detrás de un "corazón fingido" (lev yedabberû).

A pesar de la falsedad, los desleales no temían ser desenmascarados y castigados. Además de la soberbia (v.3) ser el combustible de sus lenguas, el v.4 refiere que, incluso ante Dios su arrogancia era percibida, ya que consideraban que no había nadie que los pudiese detener o reprobar. De manera desafiante, David los ve actuar como si dijeran: "¿Quién es el Señor para nosotros?" (mî 'adôn lanû), o sea, "¿quién nos puede decir qué hacer, o castigarnos si no lo hacemos?".

No es de extrañar que David haya pedido a Dios librarlo de tales hombres. De hecho, porque son más peligrosos que los hombres perversos y violentos, pues de estos nos alejamos mientras que con los aduladores falsos y desleales, mantenemos contacto y ponemos en ellos nuestra confianza.

Pero David, mientras observa la deslealtad de los hombres, también ve la repulsión de Dios sobre esta actividad y el consiguiente castigo, diciendo que "el Señor corta" (yakret yehwah) todos los labios aduladores. Frente a la opresión causada por estos egoístas halagadores y mentirosos (Rm 16.18), el Señor dice que intercede por aquellos que anhelan ser librados de tales hombres (v.5).

Así, la confianza del rey está en Dios. Aun cuando los impíos estén por todas partes (v.8), el Señor, que no es como ellos y cuyas palabras son “puras” (tehorôt) como plata refinada varias veces (v. 6), es el que "guarda" y "cuida" (del hebreo shamar y natsar, respectivamente) a los que en Él esperan.

Confieso que en esta época de elecciones y de políticos que actúan como estos hombres descritos por David, quizás presentes incluso en su corte, me sentí reconfortado y con confianza en Dios, que ve y gobierna todas las cosas. Me acordé de que, por más que estos hombres y mujeres deseen su ascenso, aun cuando esto signifique nuestra ruina, el Señor, al mismo tiempo, mira con rigor la arrogancia y la maldad de los desleales y se levanta para socorrer a aquellos que no pueden defenderse de sus artimañas.

Por fin, me acordé también de la responsabilidad de no actuar como aquellos que tememos y cuyas acciones reprobamos, ya sea en el campo de la política, la economía, el derecho e incluso en aquellas conversaciones informales cuando encontramos conocidos por la calle. Con todos tengamos sólo "una cara" y "un discurso". Que nuestro "sí" siempre quiera decir "sí" y nuestro "no" quiera, realmente, siempre decir "no" (Mt 5.37). Así, al hablar y al actuar, seamos realmente "gente fina".

Pr. Thomas Tronco

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