Sábado, 29 de Abril de 2017
   
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Persecución: El Ataque que no se Detiene

Uno de los más terribles problemas que enfrenta la iglesia durante siglos es la atroz persecución. Esta dificultad se presenta mediante dos formas quitando la paz de los siervos de Dios. La primera es la agresión física, la violencia sin límites que agrede, lanza en la prisión, tortura y mata. Sorprendentemente, los historiadores dicen que el siglo 20 fue el siglo en que la iglesia sufrió más bajo esta forma de ataque.

La segunda forma en que la persecución se hace sentir es en el aspecto moral. Se trata de calumnias, falsas acusaciones, burla, desprecio, críticas, agresiones verbales, en fin, todo lo que puede producir un cierto grado de sufrimiento interno. A menudo, cuando viene bajo la forma de calumnia, la persecución moral tiene como objetivo incitar el odio de los demás contra los creyentes y así estimular la persecución física (Hch 14.2).

¿Cuál es el propósito final de la persecución? Es muy claro. Los perseguidores quieren destruir la iglesia, ya sea a través de su devastación literal, o mediante la creación de un número creciente de personas que abandonan la fe debido a los sufrimientos ligados a ella.

Aunque sus formas y sus objetivos son tan inicuos, la persecución tiene gran utilidad en las manos de Dios. Por ella el Señor hace a su pueblo esparcirse llevando las buenas nuevas (Hch 8.1). Por ella Dios también disciplina a sus hijos, purificando así la iglesia (1Pe 4.12-17). Por ella también el Señor prueba y fortalece la fe de los cristianos, haciéndolos héroes valientes, poseedores de un testimonio fiel e imbatible (Stg 1.2-4).

Así, si existe un lado malo en las persecuciones, también hay un lado útil y la conciencia de esta doble realidad debe componer el pensamiento del creyente que desea  estar siempre preparado.

Pr. Marcos Granconato
Soli Deo gloria
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