Quinta, 23 de Março de 2017
   
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Iluminación: Origen y Prueba de la Conversión

La Biblia enseña que, para que alguien se convierta de verdad, es necesario que Dios ilumine el corazón de esa persona, haciéndole ver la gloria divina en el rostro de Cristo (2Cor 4.6; Hb 10.32). Sin esta intervención sobrenatural del Señor, ningún individuo puede librarse de la ceguera espiritual en que se encuentra, agravada, incluso, por la acción del diablo (2Cor 4.4).

Sin embargo, la iluminación del Espíritu Santo en la vida del creyente no se limita al momento de su conversión. Esta acción continúa, haciendo con que el cristiano entienda las cosas que fueron reveladas por Dios y llevándolo a aceptar estas mismas cosas (1Cor 2.12, 16). Así que mientras el incrédulo no entiende las verdades traídas a la luz por el Espíritu Santo y hasta las considera locura, rechazándolas con vigor (1Cor 2.14), el cristiano verdadero es capaz de ver su grandeza, curvándose con humildad delante de ellas, analizándolas y buscando con otros creyentes comprenderlas mejor (1Cor 2.13).

Es por eso que no es muy difícil distinguir la paja del trigo en una iglesia cristiana. De hecho, cada vez que alguien, ante las revelaciones dadas por el Espíritu Santo en las Escrituras (2Pe 1.21), se muestra incapaz de entenderlas, las considera absurdas y, por último, las rechaza con indignación, es muy probable que esta persona no sea un creyente verdadero. Esto es así porque la Palabra de Dios, habiéndose originado en la mente de un Ser absolutamente santo, no puede encontrar eco en los abismos oscuros del corazón humano sin que ese corazón sea primero transformado.

En vista de ello, pueden ser expuestas dos orientaciones. Primero: nunca quede asustado al percibir el abierto rechazo de los incrédulos ante las enseñanzas bíblicas. De hecho, eso es todo lo que puede esperarse de ellos. Segundo: evalúese a sí mismo y vea cuál es su grado de aceptación de aquello que Dios reveló. Recuerde que si es selectivo con respecto a las enseñanzas del Espíritu, tal vez sea mejor considerar si realmente ya nació de ese mismo Espíritu.

Pr. Marcos Granconato
Soli Deo gloria
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