Terça, 19 de Junho de 2018
   
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El Diezmo del Hombre Libre

Diezmo es la palabra que siempre viene a la mente de los incrédulos cuando el asunto son las desviaciones del pueblo evangélico. Además, ¡no es de extrañar!, desde que surgieron las iglesias neo pentecostales y el medio protestante fue infiltrado por todo tipo de exploradores, ninguna otra herramienta ha sido utilizada de forma tan maligna -para arrancar hasta los ojos de los pobres ignorantes- que el diezmo.

Los excesos son variados, hasta el punto de provocar risa: un pastor dijo que quien pecó una vez ganando dinero deshonesto no debe pecar nuevamente dejando de dar el diezmo de ese dinero; otro hizo una promoción en su iglesia, reduciendo el diezmo a 5%, a fin de derrotar a la competencia. Esto sin mencionar a los estafadores de la fe que hacen del diezmo una moneda de cambio, enseñando que cuanto mayor sea la oferta, más bendecido será el ofertante, pues, según ellos, Dios verá en este gesto una fe ejemplar, digna de recompensa especial. El tonto que cree en eso vende hasta la única casita que tiene y da todo el dinero a la iglesia, pensando que así será capaz de manipular a Dios en la manera en que administra su gracia.

En medio de tanta distorsión ¿cómo el verdadero creyente debe entender la enseñanza bíblica sobre el diezmo? Es muy sencillo. En la Biblia, el diezmo aparece incluso antes de la llegada de la Ley Mosaica, siendo ofrecido voluntariamente por Abraham y Jacob (Gn 14.20; 28.22). Siglos más tarde, sin embargo, Dios elevó esta práctica a la categoría de obligación y la impuso sobre todo el pueblo de Israel.

De hecho, la ley de Moisés exigía que los israelitas entregasen el diezmo de todo a los levitas (Hb 7.5). La misma ley establecía ocasiones en que el oferente podía participar de las dádivas que había separado (Dt 14.22-26).

En los días de Jesús esa norma todavía estaba en vigor (Gal 4.4) y el Maestro la aprobó (Mt 23.23). Sin embargo, con su muerte, comenzó una nueva etapa. La Nueva Alianza, diferente de la mosaica, señalando a Cristo como el nuevo Sumo Sacerdote ante Dios, trajo mudanza de la ley (Hb 7.12), liberando al creyente de las exigencias del código impuesto a Israel en el desierto (2Cor 3.7-11; Gal 3.19, 23-25; Ef 2.14-15; Col 2.13-14; Hb 7.18-19; 8.6-7,13).

Por lo tanto, no pesa más sobre el creyente ninguna obligación legal de dar el diezmo. Bajo la Nueva Alianza inaugurada por Cristo en la cruz, él es libre de reglas sobre cómo sus recursos deben ser aplicados en la obra de Dios.

Aquí surge la pregunta: Si el cristiano está libre de la norma mosaica sobre el diezmo, ¿por qué las iglesias bíblicas tienen en sus cultos el momento de ofertar, cuando los miembros entregan sus dádivas al Señor?

Es muy sencillo: Bajo la Nueva Alianza, el creyente es estimulado por el Espíritu Santo que habita en él a cumplir espontáneamente la justicia que hay en la Ley (Rom 7.4-6; 8.3-4; Hb 8.10-12). Por ello, todo creyente genuino se ve impelido por Dios a honrarlo con recursos materiales para que la causa del Señor se mantenga en este mundo. El hombre salvo, sin embargo, lo hace libremente, lleno de alegría en el corazón, sin regatear con Dios y sin tener que ser amenazado o forzado por falsos pastores.

Los diezmos y las ofertas del pueblo de Dios hoy en día son, por lo tanto, como los diezmos de Abraham y Jacob, santos que sirvieron a Dios exentos de la Ley y, con gratitud y entusiasmo, lejos de opresiones y temores, usaron sus bienes materiales para la gloria del Señor, fuente, propietario y objeto de todo lo que el hombre tiene en esta vida.

Pr. Marcos Granconato
Soli Deo gloria

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