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Pastorales

Era Una Vez Una Iglesia

07 de December, 2011

Era una vez una iglesia. En ella había un hermano llamado Irlandino. Se trataba de uno de los miembros más antiguos y era muy serio y respetuoso. Hombre de mediana edad, con gafas de gruesos lentes y un harto bigote, siempre luciendo saco y corbata, Irlandino inspiraba, incluso por su seria apariencia, la confianza en todos. Por eso, ocupaba el cargo de tesorero de la iglesia y los hermanos lo respetaban mucho.

 

Un día el hermano Irlandino ¡desapareció! Y no desapareció solito: ¡Llevó con él una amante y todo el dinero de la iglesia! Todos quedaron sorprendidos. Pero, ¿qué se iba a hacer sino lamentar lo sucedido?

 

Después de algún tiempo, el hermano Irlandino volvió. Y volvió solito. Ni el dinero que había robado trajo de vuelta. De hecho, él no volvió para devolver ningún dinero, ni siquiera para pedir perdón a la iglesia. Volvió solamente para, digamos, rever a los viejos amigos.

 

Al llegar a la iglesia nadie tocó en el asunto de su pecado. Antes, todos le sonrieron y le dieron abrazos; se sentaron con él en la cafetería y conversaron sobre los más divertidos asuntos, haciéndole sentir como en casa. Los creyentes más antiguos decían que eso era perdón (como si el perdón fuese a tolerar el mal de quien no se arrepiente y lo deja sin corrección). Los creyentes más jóvenes quedaron con la impresión de que el pecado no es cosa que se lleve muy en serio. Y los jóvenes y niños percibieron que era posible hacer el mal y todo continuar bien.

 

“¿Arrepentimiento? ¿Para qué?” – pensaba Irlandino. “¿Vergüenza? ¿De qué? Después de todo, ¡es como si nada hubiera pasado!” Y las cosas continuaron así hasta que Irlandino murió.

 

¿Murió? Sí. Pero Irlandino no murió completamente. Los nuevos creyentes, carentes de temor, se tornaron irlandinos. Los jóvenes y niños, ahora en la edad adulta, viendo cómo el pecado era tratado allí, también se tornaron irlandinos. Los creyentes más antiguos “perdonaban” a todos y en la iglesia era sólo fiesta y sonrisas. Entonces… era una vez una iglesia…

 

Pr. Marcos Granconato
Soli Deo gloria